El CPC (coste por clic) es el modelo de pago publicitario en el que el anunciante paga únicamente cuando alguien hace clic en su anuncio, y también la métrica que expresa cuánto cuesta de media cada uno de esos clics. Es el modelo dominante en la publicidad de buscadores (SEM) y muy habitual en redes sociales.

Su lógica es atractiva: no pagas por aparecer, pagas por interés demostrado. El precio se determina en subasta: los anunciantes pujan por las mismas palabras clave o audiencias, y el CPC resultante depende de la competencia, de la calidad del anuncio (las plataformas abaratan el clic a los anuncios relevantes) y del valor comercial del término: un clic en «juegos gratis» cuesta céntimos; uno en «abogado laboralista Barcelona» puede costar decenas de euros, porque detrás hay un cliente potencial de alto valor.

El CPC se analiza siempre junto a sus métricas hermanas: el CTR (porcentaje de personas que ven el anuncio y hacen clic, indicador de relevancia), el CPM (coste por mil impresiones, el modelo alternativo orientado a notoriedad) y el CPA (coste por adquisición: cuánto cuesta no el clic, sino la conversión final). Un CPC barato con tráfico que no convierte es dinero perdido con buena pinta.

La gestión profesional no persigue el clic más barato sino el más rentable: segmentar bien, mejorar la calidad de anuncios y landing pages para abaratar la subasta, y medir hasta la conversión y el ROI. El CPC es el precio de la visita; el negocio se decide después del clic.