El target (público objetivo) es el grupo de personas al que una marca dirige su oferta y su comunicación: el segmento del mercado elegido como destinatario prioritario. Definirlo es una de las decisiones fundacionales del marketing, porque de él dependen el producto, el precio, los canales, los medios y el tono de cada mensaje.
Se describe tradicionalmente con variables demográficas (edad, género, renta, ubicación, y en B2B sector, tamaño y cargo) y, de forma cada vez más determinante, con variables actitudinales y de comportamiento: estilos de vida, valores, hábitos de consumo y de medios, relación con la categoría. «Mujeres de 25 a 45» dice poco; «personas que renuevan su cocina y valoran el diseño por encima del precio» orienta decisiones.
La elección de target es estratégica, no estadística: surge de la segmentación (dividir el mercado en grupos homogéneos) y de evaluar qué segmentos son alcanzables, rentables y defendibles para la marca. Elegir es renunciar: el target amplio «todo el mundo» produce comunicación que no conecta con nadie y presupuestos diluidos. Las marcas pueden trabajar varios targets, pero con propuestas y mensajes diferenciados para cada uno.
Su evolución operativa son los buyer personas —el target convertido en retratos concretos y accionables— y las audiencias publicitarias: la traducción del target a los criterios de segmentación de cada plataforma. El orden correcto importa: primero la definición estratégica, después su traducción técnica; las plataformas segmentan mejor que nunca, pero no pueden decidir por ti a quién debes hablar.