El remarketing (o retargeting) es la técnica publicitaria que reimpacta a personas que ya interactuaron con la marca: visitaron la web, vieron un producto, abandonaron un carrito, usaron la app o vieron un vídeo. Mediante píxeles de seguimiento y listas de audiencias, los anuncios «siguen» a ese usuario por redes sociales, webs y buscadores recordándole lo que dejó pendiente.
Su fundamento es estadístico: la inmensa mayoría de las visitas no convierten a la primera; la decisión de compra necesita tiempo y varios contactos. El remarketing mantiene la marca presente durante esa ventana de decisión, y por eso sus tasas de conversión y su ROAS superan sistemáticamente a los de la captación en frío: habla con gente que ya demostró interés.
Hacerlo bien exige finura. Segmentar por comportamiento (no es lo mismo quien rebotó en la home que quien abandonó el checkout: mensajes y agresividad distintos), limitar la frecuencia (la persecución obsesiva del mismo banner durante semanas quema marca), excluir a quienes ya compraron (o impactarles con venta cruzada, no con lo que ya tienen) y aportar algo en el reimpacto: resolver la objeción, mostrar prueba social, recordar el beneficio, no solo repetir el producto.
Sus variantes incluyen el remarketing dinámico (anuncios generados automáticamente con los productos exactos que se vieron), las audiencias similares construidas a partir de los visitantes y el remarketing por email (carrito abandonado). En el embudo, es la herramienta que recoge lo que la captación siembra: barato de ejecutar, fácil de exagerar y, bien dosificado, de lo más rentable del marketing digital.